«Admiro el esfuerzo de los clubes de jazz para programar música en directo»

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Eguna: 09/08/2026

Víctor de Diego   Saxofonista
Texto : Gorka Castillo
Fotos: Oriol Clavera

Víctor de Diego es uno de los pioneros de la escena jazzística actual. Nacido en Bilbo, vive en Barcelona desde hace cuarenta años. Acaba de lanzar al mercado su octavo disco, «Haize Berriak», un álbum a la altura de los grandes del jazz.

El saxofonista Víctor de Diego (Bilbo, 1964) ha logrado hacerse un hueco entre la flor y nata del mundo de la música internacional. Su primer gran reconocimiento fue en 1986, cuando Jazzaldia le concedió el galardón al mejor solista del certamen. Luego dio el salto a Barcelona para trabajar con una constelación de estrellas del jazz transfronterizo. Así que escucharle tocar el saxo se ha convertido en toda una revelación. No se sabe si el sonido que saca a su instrumento es de júbilo o melancolía, pero lo hace de una manera tan admirable que cada nota transmite un sentimiento.

Miles Davis, uno de sus referentes musicales, dijo algo así como que «el jazz enseña a escuchar, a estar atento a cada detalle y a responder de manera intuitiva». ¿Qué le ha enseñado a usted? Uf, empezamos fuerte. Estoy completamente de acuerdo con las palabras de Miles, uno de los músicos más grandes que han existido en la historia. El jazz es muy importante en mi vida. Escucharlo es un placer para mis sentidos, pero tocarlo lo vuelve aún más atractivo. Más que cualquier otro tipo de música. Te exige explorar muchos recursos y estar vivo en todas las facetas. Ser ágil, rápido y, como dice Davis, muy intuitivo.

El día que no esté rápido e intuitivo, ¿será una señal para usted? Sin duda. Sé que mientras toque estaré vivo. Hago deporte y estudio técnicas para mantener en forma mis capacidades musicales porque la improvisación en el jazz, unos acordes, depende mucho del estado de la memoria y de tu agilidad en el empleo de recursos. Por lo tanto, no me relajo ni me acomodo. Si lo hiciera, estaría reduciendo mi espacio creativo y, con ello, mi felicidad. Pero, oye, es la primera vez que me hacen una pregunta así.

Cada verano, existe un gran carrusel de grandes festivales de jazz en Euskal Herria. ¿Cómo explica que un género musical minoritario se convierta en un reclamo de masas? El jazz, como muchas otras disciplinas artísticas, no escapa de la promoción y del marketing, que es lo que permite dar a conocer al público la presencia de grandes músicos en Euskal Herria. Su impacto mediático, por lo tanto, es decisivo para despertar la curiosidad de la gente y movilizar recursos. Y es lógico que así sea porque son parte activa de la oferta de ocio cultural del verano en nuestro país. Yo, desde luego, me alegro de su éxito.

Pero hay quien lamenta las dificultades que tienen los clubes de jazz para atraer al público durante el resto del año. Sin duda. Desde fuera, quizá no se aprecie el enorme esfuerzo que hacen estos clubes para seguir existiendo. Muchas veces pierden dinero en el empeño. Admiro su trabajo. Son gente audaz, activistas culturales que completan la oferta musical de un pueblo.

¿Cree que se está perdiendo ese misticismo un poco crápula que siempre caracterizó a estos locales, con ese ambiente seductor envuelto en humo de tabaco? Eso era en los años 50 y 60 (risas). En serio, no soy sociólogo, pero estaría bien que alguien hiciera un análisis de por qué se cierran locales de música en directo, que es algo mágico y maravilloso tanto para el espectador como para los artistas por la conexión que crean. En Euskal Herria tuvimos una época dorada allá por los años 80 y 90 con clubes como Altxerri, Etxekalte, Bebop en Donostia, Crystal o Bilbaína Jazz Club en Bilbao, Xurrut en Gorliz y muchos otros… Hoy tenemos algunos con programación de altísimo nivel y para todos los públicos, como el Jazzon en Bilbo, regentado por Gorka Reino y Tato Gracia; en Gasteiz está el Dazz de Beñat y Olatz, en Donostia está el Atxerri, el Club Marítimo… y hay alguno más por toda Euskal Herria. Algunos perduran y otros desaparecen, pero todos hacen una gran labor de difusión de una música que ojalá acerque a más gente a descubrirla y disfrutarla.

¿Cuál fue la causa del declive? Una de ellas es la escasa repercusión que tienen estos conciertos en los medios de comunicación. El otro es la falta de apoyo institucional. Hay que decir que estos clubes contribuyen a enriquecer y diversificar nuestra oferta cultural. Entiendo que vivimos en una sociedad donde prevalece el marketing por encima de la calidad. Hablo del efecto llamada que provoca un anuncio bien hecho que se repite y repite, de un cartel bonito o de un nombre famoso. Es la fórmula mágica para crear una necesidad y que algo funcione. Ocurre con los grandes festivales de música, pero también con el cine, por ejemplo. Muchos piensan que una gran película es aquella que llena las salas y logra enormes recaudaciones. Y puede que así sea, no lo niego. Pero esto crea un círculo vicioso en la creencia popular de que solo lo bueno o famoso merece la pena ser promocionado. Y no debería ser así. En el cine hay obras maestras que no entran en los círculos comerciales y que quedan en un limbo. Lo mismo sucede con la música. Hay que promocionar los conciertos en directo y no solo de artistas famosos. Se debería fomentar el consumo de música de calidad en vivo para convertirla en algo habitual. Como ir al cine o al teatro.

A lo largo de su carrera ha recibido múltiples reconocimientos en festivales internacionales y ha participado en giras con artistas del calibre de Omara Portuondo, Paquito d’Rivera, Randy Brecker o Bebo Valdés, entre otros. ¿Cómo se lleva lo de compartir escenario con estrellas? Son siempre experiencias muy gratificantes. Son grandes músicos y, además, casi todos son buenas personas, lo que facilita las cosas. He tenido la oportunidad de trabajar con artistas como Phil Woods, Jesse Davis, Benny Golson… Recuerdo tocar en Jazzaldia de Donostia con Frank Wess, un gran saxofonista y flautista. Son momentos inolvidables. En mi web personal, www.victordediego.com, está toda esa información.

¿No hay en su mundo un cierto sentimiento de superioridad respecto a músicos de otros géneros más populares en cuanto a calidad y complejidad melódica? No creo que sea así. Te diré que Pink Floyd, Genesis o Kim Crimson, por citar algunos, fueron bandas de un nivel creativo altísimo. Mezclaban cosas de rock con clásica y folk, géneros distintos que son difíciles de fusionar y ellos lo hacían porque tenían mucha calidad. Pero, en mi opinión, en el jazz se manifiesta de una manera más evidente por el nivel de los músicos. El quinteto de Miles Davis y John Coltrane, por ejemplo, es una música intemporal, de otra galaxia. A mí me impactó de una manera superlativa. Su nivel artístico, técnico y musical está a otro nivel.

Acaba de publicar su octavo CD, «Haize Berriak», donde plasma experiencias personales que han dejado huella en su vida. ¿Cómo se las ingenia para componer temas? Yo no soy nada romántico con el proceso de componer temas. Reciclo la música que he escuchado, la que me gusta y me hace vibrar. Por eso me considero más un artesano que conoce su oficio que un artista al que le inspira un amanecer o cosas similares. Eso no va conmigo. No me planteo las composiciones a partir de una necesidad expresiva de mi amor por algo o alguien. Para mí es un proceso de creación íntimo elaborado con las herramientas de construcción que conozco. El título viene después, cuando concluyo y me evoca a algo concreto. Quiero decir con esto que no compongo música para homenajear a nada o nadie. Invierto el proceso. Primero construyo y, después, según lo que me inspire y el estado emocional, pongo el título. De hecho, tengo bastantes temas dedicados a mi ama, que falleció hace dos años, a mis hijas, a mi mujer, a mi aita, a mis hermanos.

Cada vez menos gente compra discos porque hay plataformas digitales que se los ofrecen gratis. Sin embargo, siguen publicando CDs. ¿Lo hacen por compromiso, nostalgia o por obligación? Yo saco discos regularmente para mostrar, podría decir, la culminación de una etapa dentro del proceso de evolución y aprendizaje personal. Y también es una manera de decir, ‘¡oye, que sigo aquí!’. Pero, efectivamente, hoy en día toda la música está en las plataformas digitales, lo que influye negativamente en las ventas de discos. De hecho, cada vez hay menos consumidores de música que conserven lectores de CDs y tocadiscos. Todo va demasiado rápido y la manera de consumir música ha cambiado absolutamente. Podríamos abrir un debate profundo sobre lo que supone esta transformación, pero te diré que todos los adelantos tecnológicos conllevan avances sociales y también retrocesos si no se utilizan adecuadamente. Yo pertenezco a una generación que escuchaba discos en tocadiscos. Lo hacíamos de principio a fin, una y otra vez hasta aprender los solos de saxo o piano casi de memoria. Descubrí gran parte de la historia del jazz leyendo las contraportadas de aquellos discos donde críticos especializados escribían información muy interesante sobre la grabación, los músicos, anécdotas, etc. Ahora ya no es así. Nos han inculcado que todo tiene que ir a máxima velocidad. Las plataformas te permiten ser selectivo en la búsqueda de un tema. Lo hacen todo más accesible, pero elimina el valor de escuchar un disco entero y hacerlo con calma, para saborearlo.

Creo que fue el saxofonista Jorge Pardo quien dijo que tocar en una pequeña sala es el mayor placer. ¿Disfruta más en un gran festival o en un local con aforo reducido? Jorge Pardo puede tocar donde quiera y hacerte disfrutar de la misma manera. A mí me encantan las salas con un aforo que no sea ni muy grande ni muy pequeñito, pero con unas mínimas condiciones acústicas. Lugares donde se pueda tocar sin amplificaciones, sin sonorizar vatios y donde exista un contacto más cercano con el público. Los megaespacios espectaculares que necesitan bafles descomunales no me gustan. Puedes estar a un kilómetro de distancia de los músicos. Entiendo que pueda ser una experiencia maravillosa pero no para oír música. Disfruto más escuchando a un violinista sin micros, sin distorsiones de ningún tipo y casi al alcance de tu mano.

¿Qué saxofonistas han marcado su trayectoria? El primero que escuché, John Coltrane. Lo hacía a saco, algo que no es muy habitual porque su estilo es más sofisticado que otros. Lo normal suele ser empezar escuchando a saxofonistas más antiguos y más melódicos. Pero a mí me impactó el estilo de Coltrane y fue quien me abrió la puerta para ir descubriendo después a gente parecida como Sonny Rollins, que ha muerto recientemente con 95 años, Dexter Gordon, etc. También me han influido todos aquellos predecesores de Coltrane como Coleman Hawkins y Lester Young. Por eso, a los jóvenes estudiantes siempre les digo que intenten ir todo lo atrás que puedan en la historia del jazz, que escuchen a esos instrumentistas. Yo no tuve la suerte de que alguien me lo dijera y tuve que descubrirlo por mí mismo poco a poco.

Es profesor del Conservatorio del Liceu de Barcelona. En Euskal Herria hay dos centros de formación superior, Musikene en Donostia y CSMN en Iruñea. ¿Qué importancia tienen estas escuelas en el desarrollo de los jóvenes? Absoluta. Solo hace falta echar una mirada a las estadísticas para ver la cantidad de grandes músicos vascos que han salido de sus aulas. Eso no quiere decir que su éxito se deba exclusivamente a que han estudiado en esas escuelas, sino a que son músicos que ya tenían talento y que seguramente ya habían estudiado en otros centros de música. Pero en esas escuelas han acabado de recibir una formación de alto nivel. En Euskal Herria están surgiendo grandísimos músicos jóvenes. En Barcelona hay tres de esas características. De hecho, suelo tocar habitualmente con músicos que se han licenciado en ellas, Musikene, en el ESMUC (Escola Superior de Música de Catalunya) o en el Liceu. Y aprendo mucho de ellos. Es un lujo y un placer.

Euskal Herria es la cuna de grandes músicos de jazz. Ahí están Iñaki Salvador, Javier Colina, Gorka Benítez o usted mismo. ¿Cree que el relevo generacional está garantizado? No hay duda de que los jóvenes salen con mucha más formación de la que tuvimos los de mi generación. Pero es importante que conozcan quiénes eran y qué hicieron músicos importantes que les precedieron. En mis clases en el Liceu suelo hablar de músicos de mi generación como Iñaki Salvador, Javier Colina, Jorge Rossi, Perico Sambeat y muchos otros, quizá no tan mediáticos, pero grandes también. A nosotros nos tocó empezar a desarrollar un lenguaje jazzístico más elaborado. Y muchos somos ahora profesores en escuelas que no existían cuando empezábamos. Estudiábamos por nuestra cuenta, escuchábamos discos, transcribíamos temas y tratábamos de imitar a quien más nos gustaba. Era nuestra manera de aprender. Por imitación. Charlie Parker fue un innovador, pero también un imitador. Los grandes genios del jazz empezaron copiando lo que escuchaban, aunque luego hicieran cosas maravillosas aprovechando el talento que tenían. Así lo han hecho los músicos de todos los géneros y generaciones. Luego está el bagaje que cada uno posee para crear una estética y un arte más personal, que es lo que al final te convierte en un referente. Por eso creo importante que los alumnos conozcan y escuchen a todos esos músicos de mi generación y anteriores.

O sea, ¿que los buenos músicos son los que escuchan más música y más se han dejado influenciar por sus predecesores? Es que esos son valores que sirven para calibrar dónde está cada músico. No tengo dudas de que los más grandes de todos los tiempos son los que más música han escuchado y más influencias de sus predecesores han incorporado, que es lo que proporciona una capacidad adicional para generar un estilo propio. El talento es la facilidad para tocar bien un instrumento y para aprender, que también es importante, pero la calidad de un músico depende en gran medida de la cantidad de horas que uno invierte en escuchar, analizar y asimilar lo que hacen otros.

¿Recuerda sus primeros conciertos? Claro que sí. Con 16 años tocábamos en un club de jazz que había en el barrio de Deusto, en Bilbao, que se llamaba Poxpolo. Era un crío, flipaba y encima me pagaban. Tengo mala memoria, pero de aquello me acuerdo muy bien. Éramos un quinteto sin nombre. Lander Mendieta al piano, Javi Robador, batería que estaba en Itoiz, Gonzalo Muga, flauta y que también tocó en Itoiz, Txema bajista y yo al saxo. Muy divertido.

Pero comenzó tocando el txistu. Sí. Mi ama me metió a estudiar solfeo como materia extraescolar, porque ya me gustaba sacar melodías con una guitarra que había en casa. Todo de oído, por supuesto, así que debió de pensar que por ahí iba la cosa y me apuntó a clases y, después, a la escuela de txistularis que había en la calle Santa María del Casco Viejo de Bilbao para que aprendiera un instrumento. Siendo un enano acompañaba a grupos de danza. La verdad es que aquello me ayudó a configurar mi formación auditiva musical.

¿Qué sonaba en su casa? Cantautores vascos como Mikel Laboa, Gorka Knörr, Gontzal Mendibil. También Luis Mariano y otros cantantes. Teníamos un tocadiscos muy antiguo, de los años 50 o así, para discos de 45 y 78 revoluciones. Escuchaba las canciones y se me daba bien eso de sacar las melodías con la guitarra. Luego me compraron una melódica para las clases que tenía en la ikastola y a partir de ahí todo fue encaminándose.

¿Recuerda el primer disco de jazz que escuchó? Sí. “Workin’ And Steamin’”, de Miles Davis. Me lo puso un amigo y me quedé impactado, casi sobrecogido. Y eso que en aquel momento ya no era ningún ignorante. Me atiborraba con todo tipo de música pero, cuando me pusieron aquel swing tan rompedor, con Miles, John Coltrane, Philly Joe Jones, Red Garland y Paul Chambers, me explotó la cabeza. Me di cuenta que aquello era lo que me molaba. De hecho, poco después fui corriendo a una tienda de discos de Bilbao y me compré dos con el dinero de la paga que me daba mi aita que, por aquel entonces, creo que era 500 pesetas: “A Love Supreme”, de John Coltrane, y uno de Stan Getz.

Grabó su primer disco con 29 años y lo hizo en directo. Y sin ningún miedo (risas). Me acompañaban grandes músicos: Iñaki Salvador, Jordi Gaspar y David Xirgu, con la colaboración del baterista Jordi Rossi en dos temas. Fue en la Cova del Drac de Barcelona, un lugar muy especial, casi legendario, el 23 de enero de 1993.

Entonces solamente llevaba unos años viviendo allí. ¿Por qué decidió irse a Barcelona? No sé, hubo muchos factores. Tenía 22 años y había formado parte ya de varias bandas de aquí como Pork Pie Hat, que ganamos el concurso de grupos del festival de Getxo y el de solista en Jazzaldia en 1986. En Mallorca, tocando con Fran Rubio y Javier Colina en Quartet Creciente, conocí a gente como Jorge Rossi y Chano Domínguez, que me animaban a irme a Barcelona porque había un gran ambiente de jazz. Iñaki Salvador me dijo que se iba a Barcelona y me acabé decidiendo yo también. Además, llevaba un par de años tocando con Amaia Uranga, ex del grupo Mocedades, como músico acompañante y eso me daba un colchón económico para asentarme en mi nueva vida. Y hasta hoy.

¿Quién es Víctor de Diego? ¿Qué quien soy yo? Pues un músico, mejor dicho, una persona que se dedica a la música y que, si miro para atrás, estoy muy satisfecho de mi vida profesional. Estoy en paz conmigo mismo porque he podido dedicarme a las grandes pasiones en mi vida. Compagino mi actividad musical con la educativa, algo que me fascina hasta el punto de que no solamente enseño, sino que aprendo de mis alumnos. Ellos me aportan nuevas ideas y contextos que permiten estar al día. Es un reto que me gusta y estoy feliz por ello. Y, en otro plano, como ciudadano interesado en la política, observo con enorme preocupación la dinámica intolerante y belicista que ha tomado el mundo.

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«Las plataformas te permiten ser selectivo en la búsqueda de un tema. Lo hacen todo más accesible, pero elimina el valor de escuchar un disco entero y hacerlo con calma, para saborearlo»

«Hago deporte y estudio técnicas para mantener en forma mis capacidades musicales porque la improvisación en el jazz, unos acordes, depende mucho del estado de la memoria y de tu agilidad en el empleo de recursos»

«Compagino mi actividad musical con la educativa, algo que me fascina hasta el punto de que no solamente enseño, sino que aprendo de mis alumnos. Ellos me aportan nuevas ideas y contextos que permiten estar al día»

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